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El mundo está cambiando rápidamente. Si en 1990 había alrededor de 5.000 millones de personas, en 2050 habrá cerca de 10.000 millones, y más de 2.400 millones serán menores de 18 años. Muchos niños que nacen hoy podrán disfrutar de grandes oportunidades que no estaban disponibles hace 25 años. Pero no todos tendrán la misma oportunidad de crecer sanos e instruidos, ni de ser capaces de desarrollar todo su potencial y de convertirse en ciudadanos que participen plenamente en sus sociedades, como se prevé en la Convención sobre los Derechos del Niño.

La magnitud del cambio y el ámbito de las nuevas ideas que presenciamos hoy en día son notables, pero también son a menudo el reflejo de una disparidad extrema.

Considere esto: hoy en día, los gigantes de Internet pueden identificarle instantáneamente, predecir lo que le gusta y lo que no le gusta, y establecer un detallado perfil de quién es usted mediante el uso de algoritmos sofisticados. Sin embargo, uno de cada tres niños o niñas carece de una identidad jurídica porque el simple proceso que representa el registro de su nacimiento no se llevó a cabo.

En algunos lugares, los automóviles funcionan sólo con electricidad o incluso sin un ser humano detrás del volante. Sin embargo, en otros lugares es preciso rellenar a mano formularios médicos esenciales, y la falta de infraestructura significa que pueden pasar 30 días antes de que estos formularios lleguen desde una clínica rural hasta un laboratorio en la capital.

A medida que la comunidad internacional del desarrollo traza su rumbo para la época posterior a 2015, cuando se cumplen los Objetivos de Desarrollo del Milenio, se debe preguntar lo siguiente:¿acentuarán o disminuirán estos rápidos cambios los extremos que separan a los niños que no carecen de casi nada y los que están privados de casi todo?

La respuesta a esta pregunta no está determinada de antemano; hay una decisión que tomar. Los gobiernos, las comunidades de desarrollo y humanitaria, y los aliados de la sociedad civil, las empresas y la docencia ¿seguirán el mismo camino, registrando mejoras continuas en la situación de los niños, pero sin superar las brechas? ¿O podemos ser más audaces poniendo a prueba enfoques no convencionales y buscando soluciones en nuevos lugares para acelerar el progreso hacia un futuro en el que todos los niños puedan disfrutar de sus derechos?

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Unos niños riegan unas plantas de frijol en un jardín de nutrición escolar en Zimbabwe.© UNICEF/ZIMA2011-00011/Pirozzi

Los niños nacen en un mundo cada vez más conectado, donde se desdibujan las líneas entre los problemas locales y mundiales. El calentamiento global produce inundaciones en las ciudades costeras y al mismo tiempo afecta a las tierras de cultivo interiores con la sequía. Las enfermedades y los conflictos atraviesan las fronteras internacionales. Las restricciones a la migración o las remesas privan a los hijos de los trabajadores migrantes que viven en países lejanos de los medios necesarios para que coman bien y vayan a la escuela.

Las soluciones están también cada vez más vinculadas entre sí. En nuestro mundo superconectado y globalizado, las personas, las tecnologías y las ideas se trasladan de forma más fluida que nunca, generando oportunidades sin precedentes para la colaboración en la promoción de un cambio a gran escala. De hecho, está comenzando a surgir una infraestructura mundial de la exploración, y los innovadores comparten ideas a lo largo de las fronteras y entre grupos de personas que antes estaban excluidos del mercado del conocimiento y de las ideas.

Estos innovadores están poniendo a prueba los límites de lo posible, comenzando a menudo con pequeñas soluciones a problemas locales que tienen el potencial de desencadenar cambios y ayudar a que aumente el número de niños con acceso a los servicios y a las oportunidades que les pertenecen por derecho, pero que no siempre se producen en la realidad.

Para ampliar las repercusiones de estas innovaciones tenemos que impulsar sistemas que puedan contribuir a ampliar la escala de las nuevas ideas más prometedoras. Una mayor interconectividad ya está facilitando una colaboración más amplia entre el sector privado, con su velocidad, agilidad y capacidad de reinventar, y el mundo del desarrollo, con su capacidad de convocar alianzas, dar contenido a las políticas y ejecutar soluciones sobre el terreno. La misma interconectividad tiene que ser accesible para las personas que solucionan los problemas desde la base, y ayudar a crear un verdadero espacio de trabajo colaborativo mundial capaz de forjar soluciones que aporten un acceso más equitativo a los bienes, servicios y oportunidades para millones de personas.

Para minimizar los riesgos que pueden derivarse del cambio y potenciar al máximo sus beneficios para los niños más desfavorecidos, necesitamos nuevos productos y procesos, nuevas asociaciones y nuevos modelos de asociación. Las personas desfavorecidas y vulnerables deben tener acceso y capacidad de influir en estas novedades, que deben basarse en una mejor comprensión de sus realidades y necesidades. Porque la innovación por sí sola no es suficiente; necesitamos una innovación que asuma y promueva la inclusión y la oportunidad para todos los niños.

La buena noticia –como se muestra en el Estado Mundial de la Infancia de este año– es que la innovación ya se está produciendo, y en lugares que mucha gente no se atrevería a imaginar, produciendo soluciones hoy que tienen el potencial de cambiar las vidas de millones de niños en los años venideros. El futuro ya está presente.  Lo que hagamos con él depende de nosotros.