En muchos países en desarrollo, los niños pequeños padecen de profundos retrasos en el desarrollo cognoscitivo durante la primera infancia. En todo el mundo, por lo menos 200 millones de niños no logran alcanzar su potencial cognoscitivo.

Esto puede afectar seriamente su éxito como adultos, en parte porque la inversión en la enseñanza tendrá bajos rendimientos si los niños y niñas no tienen adecuados niveles de destrezas cognoscitivas y sociales antes de entrar en la escuela. Entender las causas de estos retrasos e identificar las intervenciones que abordan estas lagunas son, por consiguiente, prioridades importantes. Algunas razones para el retraso del desarrollo cognoscitivo podrían ser el inadecuado acceso de niños a alimentos nutritivos, así como a estímulos a temprana edad, a la atención de salud o a un ambiente doméstico propicio y seguro. Estos factores de riesgo pueden a su vez ser el resultado de muchas dificultades a las que las familias pobres tienen que enfrentarse para proporcionar a sus niños pequeños un ambiente propicio, incluida la falta de información o de recursos económicos o humanos.

Los programas de transferencias en efectivo condicionadas, que se han convertido en la red de seguridad social fundamental de muchos países en desarrollo, están específicamente diseñados para abordar simultáneamente muchas de estas limitaciones. Normalmente, proporcionan recursos adicionales a las madres, imponen condiciones específicas, como por ejemplo la asistencia a visitas de atención médica preventiva, y vienen acompañados de información y comercialización social respecto a las inversiones en la nutrición y educación de los niños pequeños. Si bien tales programas se encuentran actualmente extendidos en muchos países de bajos y medianos ingresos, constituyeron una importante innovación en la política social cuando se presentaron por primera vez. En 1997, los gobiernos de México y el Brasil decidieron, más o menos simultáneamente, intentar un nuevo enfoque para abordar los precarios resultados en educación, salud y nutrición. La innovación consistió en proporcionar transferencias en efectivo directamente a las familias pobres para permitirles hacer las inversiones necesarias, y persuadirlas de que las hicieran a través de la comercialización social y con la imposición de condiciones. Esto contrastaba con enfoques anteriores que con frecuencia se concentraban más en la prestación de servicios y en las limitaciones en materia de oferta. Para probar la eficacia de este nuevo enfoque, el programa en México incorporó un riguroso diseño de la evaluación del impacto, el cual hizo posible establecer que tenían éxito en la mejora de los resultados en el terreno de la educación, la salud y la nutrición.

Testimonios provenientes de las zonas rurales pobres de Nicaragua confirman que tales programas también pueden conducir a alzas sostenibles en el desarrollo cognoscitivo de la primera infancia. Atención a Crisis fue un programa de transferencia de dinero de un año de duración que brindó este tipo de transacciones a familias pobres en 56 comunidades escogidas al azar. A los beneficiarios se les dijo que las transferencias tenían por objeto mejorar la diversidad y el contenido nutriente de la dieta infantil y la compra de materiales escolares. El impacto del programa se evaluó al comparar a los niños y niñas de esos pueblos con 50 comunidades escogidas al azar que servían de zonas de control. El programa tuvo efectos positivos en el lenguaje de los niños, la memoria a corto plazo y las destrezas sociopersonales, no sólo cuando se midieron durante el programa, sino también dos años después de que las familias hubieran dejado de recibir los beneficios.

Hubo también efectos sustanciales por el uso de varios aportes en el desarrollo infantil. Algunas familias asignadas al programa aleatorio cambiaron la composición de los gastos alimentarios, al dedicar una fracción menor a los alimentos básicos y fracciones mayores a las proteínas animales, las frutas y las hortalizas. Algunas familias participantes registraron aumentos sustanciales en varios aspectos del estímulo infantil: era más probable que contaran relatos, cantaran y leyeran a sus hijos, y tuvieran en la casa pluma, papel y juguetes para ellos. También había mayores probabilidades de que sus hijos hubieran sido pesados y les hubieran administrado hierro, vitaminas y medicinas antiparasitarias, y que pasaran menos días en cama. Además, dos años después de que el programa terminara, sus familias seguían mostrando diferencias significativas respecto a estas inversiones en la primera infancia.

De aquí que la participación temporal en el programa de la red de seguridad social hiciera efecto incluso dos años después de que suspendieran el programa. Esto a su vez puede llegar a explicar por qué las repercusiones del programa sobre el desarrollo cognoscitivo también se mantuvieron. La falta de atenuaciones se mantiene en contraste con evaluaciones de muchas otras intervenciones, tales como suplementos nutricionales o intervenciones basadas en centros que se ocupan directamente del niño. Los resultados de Atención a Crisis sugieren que los cambios en la conducta paterna podrían ser importantes para obtener beneficios duraderos, y que tales cambios de conducta pueden lograrse a través de programas de transferencias de efectivo condicionadas.

“Los beneficios de esos programas pueden resultar particularmente eficaces muy temprano en la vida de un niño.”

Un segundo programa en otra zona rural de Nicaragua ofrece pruebas adicionales de las posibilidades de que esas intervenciones tengan efectos duraderos, y también indica la importancia de garantizar que esas redes de seguridad brinden cobertura temprana a niños y niñas vulnerables y a sus padres. La Red de Protección Social era un programa de transferencia monetaria condicionada que se le ofreció a 21 localidades escogidas aleatoriamente durante tres años y a otras 21 localidades seleccionadas del mismo modo por los próximos tres años. A los niños y niñas de las familias que vivían en esas localidades se les rastreó hasta 10 años después del comienzo del programa, y cuatro años después de que terminara. Esto permite estudiar las consecuencias a largo plazo que supone estar bajo la protección de una red de seguridad social muy temprano en la primera infancia. Los resultados muestran que una mejor nutrición y atención sanitaria debido al programa durante los primeros 1.000 días de vida de un niño (desde el comienzo del embarazo hasta la edad de 2 años) tiene un impacto positivo duradero en el desarrollo cognoscitivo, medido por pruebas de memoria, funciones ejecutivas y vocabulario receptivo. Y los niños que participaron en el programa a edades más avanzadas no alcanzaron su desarrollo cognoscitivo completamente. De aquí que los resultados confirmen la importancia fundamental de reducir los factores de riesgo durante el marco de los primeros 1.000 días.

Al orientar directamente la inversión paterna a sus hijos pequeños, los programas de transferencia monetaria condicionada prometen mejorar de manera sostenible la cognición de la primera infancia en poblaciones vulnerables y pobres. Los beneficios de esos programas pueden resultar particularmente eficaces muy temprano en la vida de un niño, como indicio de que es importante para las políticas de protección social concentrarse en el marco de los primeros 1.000 días.