En 2013, 6,3 millones de niños menores de 5 años murieron, muchos de ellos a causa de trastornos que pueden ser tratados con los medicamentos existentes.

A pesar del tan cacareado progreso mundial en materia de bienestar, las desigualdades en el acceso a medicamentos que salvan vidas siguen siendo enormes. Existen pocos tratamientos para las numerosas enfermedades desatendidas que afectan de manera desproporcionada a los pobres.

La tuberculosis (TB) es un ejemplo particularmente conmovedor. En 2010, alrededor de 1 millón de niños contrajeron la tuberculosis. El tratamiento actual para la TB es largo, complicado de cumplir, difícil de administrar y marcadamente oneroso: los pacientes pueden enfrentarse a dos años de tratamiento contra un tipo de TB que no sea resistente a los medicamentos; este tratamiento a menudo tiene efectos secundarios nocivos, entre ellos la psicosis, la sordera y las náuseas. Como resultado, muchos pacientes no pueden, o simplemente no quieren, completar el ciclo de tratamiento, y esto ha contribuido a la propagación de tipos de tuberculosis resistentes a múltiples fármacos (MDR, según sus siglas en inglés) y extensivamente resistentes a los medicamentos (XDR, según sus siglas en inglés).

Además de ser mucho más difícil de tratar, la MDR-TB y la XDR-TB requieren medicamentos más caros con tasas de éxito más bajas. Para complicar aún más las cosas está el hecho de que las formas de la tuberculosis resistente a los medicamentos son especialmente difíciles de diagnosticar y de tratar en los niños. Esta brecha en el tratamiento de los niños está agravada por la falta de formulaciones de fármacos existentes adaptados a los niños. A pesar de la necesidad apremiante, las terapias actuales de tuberculosis para los niños son en gran medida inadecuadas, lo que lleva a que el tratamiento correcto sea “complicado o imposible”, según la Organización Mundial de la Salud.

“Los incentivos para los desarrolladores deben realinearse para que satisfagan las necesidades de salud pública –especialmente de los niños y las familias más pobres.”

Por lo tanto, existe la necesidad, especialmente para los niños, de obtener medicamentos que mejoren el tratamiento actual de la TB y abordar las bacterias resistentes a los fármacos. Un régimen de tratamiento más corto y más simple –disponible en formulaciones adaptadas para los niños– mejoraría el cumplimiento y disminuiría el riesgo agravado de resistencia a los medicamentos. El desarrollo de nuevos fármacos, específicamente para la MDR-TB y XDR-TB, mejoraría el bienestar a nivel mundial, salvando innumerables vidas y reduciendo los casos de mala salud.

A pesar de los obvios beneficios mundiales que depararía la elaboración de nuevos fármacos, hasta hace poco ha habido una sequía de nuevos acontecimientos en el tratamiento de la tuberculosis, y no hay medicamentos en el mercado dirigidos específicamente a resolver la carga cada vez mayor que suponen la TB-MDR y la TB-XDR. Sólo en 2012 Janssen Pharmaceuticals, Inc. presentó la bedaquiline, el primer medicamento nuevo para la TB en 50 años y el primero en ser aprobado específicamente para la tuberculosis resistente a los medicamentos. Gran parte de la demora en la introducción de medicamentos nuevos contra la tuberculosis se puede atribuir a la inversión lamentablemente inadecuada que se dedica a la investigación y el desarrollo relacionados con la TB. En 2012, la investigación y el desarrollo relacionados con la TB presentaba un déficit en su financiación de alrededor de 1.400 millones de dólares. Estas lagunas en la inversión, a su vez, son el resultado directo de los incentivos mal alineados que se dan en el sistema actual de innovación farmacéutica.

El desarrollo de fármacos está incentivado la actualidad por los márgenes exorbitantes que los innovadores, protegidos por las patentes de la competencia del mercado, cobran durante los primeros años que sus productos están en el mercado. Las enfermedades como la tuberculosis predominan más a menudo entre los pobres, que no pueden pagar medicamentos avanzados a unos precios que maximizan tanto su beneficio. Como resultado, las compañías farmacéuticas no invierten en la investigación ni en el desarrollo de tratamientos que beneficiarían en gran medida a los pobres del mundo. Incluso en los casos en que se desarrollan los fármacos adecuados, muchas personas pobres, incluso en los países más ricos, sufren o mueren porque no pueden pagar los precios de medicamentos que tratan de maximizar sus beneficios.

Los incentivos para los desarrolladores deben realinearse para que satisfagan las necesidades de salud pública –especialmente de los niños y las familias más pobres– al mismo tipo que permitan también que las empresas recuperen su inversión sustancial y obtengan un beneficio razonable. Una forma de lograr esto sería a través del Fondo para el impacto en la salud (HIF, según sus siglas en inglés), un nuevo mecanismo de pago por desempeño propuesto por Incentivos para la Salud Mundial, una organización sin fines de lucro dedicada a la promoción de soluciones basadas en el mercado para los problemas mundiales de salud.

Las empresas farmacéuticas tendrían la opción de registrar nuevos medicamentos con el HIF a nivel internacional. De este modo, una empresa estaría de acuerdo en proporcionar el nuevo medicamento en todo el mundo al precio de coste. A cambio, la empresa sería recompensada, durante los primeros 10 años en que su producto esté en el mercado, de acuerdo a la medición del impacto real sobre la salud. Las recompensas anuales se pagarían a partir de un fondo fijo de recompensas, que podría estar financiado por los gobiernos y los donantes internacionales, y recompensaría a cada producto registrado con una participación en el fondo que coincidiría con su parte de los beneficios para la salud obtenidos por todos los productos registrados en un año dado.

Dado que el registro con el HIF sería facultativo, las empresas podrían decidir, para cada producto, qué sería más rentable, si el actual sistema de patentes o el registro con el HIF. Esto aumentaría las posibilidades de que las empresas registraran en el sistema actual los productos que tienen una baja rentabilidad relativa, pero un impacto potencialmente elevado sobre la salud –como los nuevos tratamientos para la tuberculosis. Como complemento al régimen actual de patentes, el HIF ayudaría por tanto a bajar los precios, a aumentar el acceso a los medicamentos, y a permitir que las empresas farmacéuticas brinden beneficios significativos a los pacientes al mismo tiempo que obtienen un beneficio.

Por último, el HIF reorientaría drásticamente la comercialización de la compañía farmacéutica para los medicamentos registrados con el fondo: desde un enfoque meramente basado en las ventas hacia un enfoque basado en el impacto en la salud en los pacientes, independientemente de su posición económica. Para maximizar sus beneficios en el marco del mecanismo de HIF, los innovadores farmacéuticos no sólo necesitan vender sus medicamentos, sino también comercializarlos para que tengan el efecto terapéutico óptimo –mediante el desarrollo de formulaciones pediátricas cuidadosamente calibradas para fármacos existentes que podrían mejorar en gran medida el beneficio de estos medicamentos sobre los niños.

El HIF no es una obra de caridad, sino más bien una nueva solución sostenible que utiliza recursos actuales de manera más eficiente y equitativa en beneficio de los niños, especialmente los de los países y los hogares más pobres. A diferencia de otros enfoques dirigidos a abordar las ineficiencias en los mercados de medicamentos (por ejemplo, la Alianza GAVI, UNITAID), que funcionan principalmente como medidas provisionales, el HIF abordaría los problemas estructurales del sistema actual de innovación farmacéutica mediante una realineación de los incentivos, lo que provocaría un cambio sistémico.