En gran parte de África, las tecnologías móviles se han extendido ahora a todos los aspectos de la vida, desde mantenerse en contacto con miembros de la familia hasta la coordinación de pequeñas empresas. También han abierto nuevos canales para el reportaje popular.

Este periodismo ciudadano móvil se caracteriza por la espontaneidad y la intimidad, y puede captar las más hondas preocupaciones de las personas y arrojar luz sobre aspectos de las vidas de niños y niñas que de otro modo pasarían inadvertidos.

La Fundación de Medios de Comunicación Voces de África (VOAMF) con sede en los Países Bajos, fundada por el ex ejecutivo publicitario Pim de Wit, se ocupa de preparar a jóvenes africanos (de 20 a 30 años) para que presenten una imagen positiva alternativa de sus comunidades. Como experimentado capacitador y entrenador de la fundación, he adiestrado a más de 100 periodistas ciudadanos en la producción de reportajes audiovisuales valiéndose de teléfonos móviles. A partir de 2007, hemos impartido talleres en Camerún, Ghana, Kenya, la República Democrática del Congo, Sudáfrica, Tanzanía, Uganda y Zimbabwe.

Mi experiencia de los últimos 6 años aproximadamente me ha llevado a la increíble conclusión de que cualquiera que sea el asunto de un reportaje, el tema de los derechos del niño va a estar presente de manera implícita o explícita. Cuando un miembro de una comunidad se vale de un teléfono móvil para captar asuntos locales desde una perspectiva local, el reportaje resultante probablemente ha de reflejar la manera en que una comunidad en particular percibe el concepto de la infancia, y también revela cómo los niños hacen frente a la vida bajo diversas circunstancias.

“La ética exige que los periodistas tomen medidas específicas para evitar causarles perjuicios a los menores de edad.”

Consideremos el reportaje que Okello Fathil, residente del barrio pobre de Kisenyi en Kampala, la capital de Uganda, hizo el 29 de marzo de 2011. Titulado Kampala: coesposas se pelean y el público mira, este reportaje muestra una pelea entre dos coesposas de la tribu karamojong por cuál de las dos es la mejor madre. Mientras las dos mujeres luchan, con los torsos desnudos y cubiertos de sangre, el público que las rodea, en su mayoría niños y niñas, parece disfrutar el espectáculo y sólo hace tímidos esfuerzos por separar a las mujeres. Algunos niños incluso imitan la pelea.

Este informe sugiere que la violencia entre las madres –consideradas por lo general las guardianas y defensoras de la paz, la tolerancia y la tranquilidad– parece aceptarse, mientras sirva de entretenimiento a los espectadores, incluso a menores. Si, como nos recuerda un proverbio africano, “todo lo que un niño dice lo ha oído en su casa; todo lo que un niño hace lo ha visto en su casa”, se desprende entonces que estos niños y niñas probablemente condonarán la violencia cuando sean mayores. Para captar esa violencia en su ambiente natural, en su forma desnuda, es necesario que el reportero forme parte de la comunidad y que el instrumento de que se vale no resulte indiscreto.

Mientras que el reportaje de Fathil muestra a niños y niñas en un segundo plano, como testigos pasivos, el reportaje de Gaston Mungumwa Goma: Quel sort pour les enfants travailleurs? [Goma, ¿qué dilema para trabajadores infantiles?], muestra a niños dedicados activamente a la lucha por la supervivencia en la región oriental de la República Democrática del Congo, que ha sido devastada por la guerra. Se ve a un muchacho empujando una bicicleta de madera de factura local cargada con docenas de cajas que más tarde tendrá que descargar. El joven dice que le gustaría ir a la escuela, un lujo olvidado desde la muerte de sus padres. Otro niño pasa los días lavando camiones, una situación temporal, cree él, que le permitirá reanudar sus estudios. Las expresiones faciales de los niños muestran que la tecnología utilizada para filmarlos, así como la persona que la usa, les resultaban familiares, lo cual sugiere que lo que dicen les brota de lo profundo del corazón.

Aún más devastadores son esos reportajes en que aparecen niños dedicados a actividades extremadamente peligrosas sin darse cuenta del riesgo que corren. Ismael Asiimwe Mustapha, otro vecino del barrio pobre de Kisenyi en Kampala, hizo un reportaje titulado Kampala: la chatarra genera dinero en el barrio. El reportaje presenta a Javilla, un niño de 12 años, que se siente muy satisfecho con su negocio de chatarra, mediante el cual desmantela compresores de neveras viejas para extraerles el alambre de cobre y venderlo. Javilla muestra orgullosamente una motocicleta que pudo comprar después de llevar tres años en este negocio, y también se enorgullece de haber iniciado a su hermano menor en esta empresa “lucrativa”. Mustafá también entrevista a un negociante de chatarra que dice que él paga bien y en el acto, y que anda en busca de más proveedores, ya que hay una gran demanda de las fábricas de azadones y machetes.

La fuerza de este reportaje, y de muchos otros sobre este tema, reside principalmente en una cosa: los niños están realizando labores peligrosas desprotegidos, pero también están haciendo dinero y ganándose la vida. Javilla se ve ya en la clase media, con una motocicleta y un segundo sostén de la familia (su hermano menor). Él y su hermano se han convertido en “especialistas” en compresores de neveras viejas, pero al parecer no son conscientes de los riesgos para su salud debido al gas y otras sustancias a las que se exponen en ese trabajo. Si bien estos reportajes muestran de manera inequívoca que los niños se ven expuestos a riesgos de salud y que están siendo explotados económicamente, plantean también un serio dilema: impedir que los niños realicen ese trabajo peligroso los privaría de su ingreso, sin ofrecerles una alternativa mejor.

La ética exige que los periodistas tomen medidas específicas para evitar causarles perjuicios a los menores de edad. Los reporteros y los directores como yo debemos tomar decisiones respecto a cuándo revelar las caras y los nombres de los niños y niñas que entrevistamos, sopesando el perjuicio potencial que corren los niños y la eficacia e integridad del reportaje.

El reportaje de Jacob Mugini, Tanzanía: los alumnos trabajan en las granjas de los maestros, presentaba un caso particularmente difícil. Mientras Javilla y su hermano, al igual que el portador de equipaje y el chico que lavaba camiones en Goma, eran explotados por industrias o individuos en el sector privado, los alumnos de una escuela primaria en Tarime, en el norte de Tanzanía, que dijeron estar trabajando en las granjas de sus maestros en lugar de asistir a clases, estaban siendo explotados por las mismas personas a las que el gobierno había confiado el ejercicio de su derecho a la educación. El reportaje de Mugini muestra a niñas y niños en uniformes escolares labrando la tierra con azadas. Una niña, de 14 años, dice con visible ira que a veces están en la granja desde la mañana hasta las 2 de la tarde, corriendo el riesgo de que les muerdan las serpientes. Otro niño, de 9 años, añade que su maestro solía enviarlos al bosque a buscar leña, la cual cargaban en la cabeza hasta la casa del maestro. Una peligrosa explotación económica está pervirtiendo los derechos de estos niños y niñas.

Las dudas que yo tenía eran: ¿No tomarían represalias los maestros si estos niños sudorosos y coléricos aparecían en la pantalla? Y ¿sería creíble y convincente la historia sin las caras sudorosas y la ira reflejada en los ojos de los niños? Posteriormente, el reportero me informó que un funcionario de educación del distrito, que había visto el reportaje por Internet, había avergonzado a los maestros proyectando el reportaje en la escuela en cuestión, y que había transferido al director a una escuela remota. Me dije que había tomado la decisión correcta: publicar el reportaje sin alteraciones ayudó a poner fin a este indignante caso de trabajo infantil.

Estos ejemplos nos muestran las grandes posibilidades de las tecnologías móviles para documentar las maneras en que niños y niñas enfrentan la vida. Los reporteros, miembros ellos mismos de la comunidad, se las arreglan para captar las experiencias y puntos de vista tanto de adultos como de niños con un elevado nivel de espontaneidad. Si bien la eficacia del reportaje a través de un teléfono móvil depende de la familiaridad de los sujetos tanto con la tecnología como con el reportero –y de la apertura que fomenta esta familiaridad–, estos mismos aspectos conllevan riesgos particulares, especialmente en lo que concierne a los niños. Para garantizar que no sufran repercusiones debido a los mismos reportajes que buscan exponer las injusticias a que se ven sujetos, los reporteros ciudadanos requieren una formación que haga hincapié en los aspectos éticos que están en juego, así como un discreto mecanismo de supervisión básico. De esta manera, el reportaje popular móvil puede realizar su potencial, al producir reportajes convincentes concentrados en temas locales que pueden ayudar a cambiar las condiciones de niños y niñas, y a corregir las violaciones de sus derechos.