A principios de 2012, cuando Omar Turk y yo éramos dos jóvenes estudiantes de secundaria, nuestro profesor de química nos habló de una Feria Libanesa de Ciencias que buscaba “inventos que mejorasen el mundo”.

Inmediatamente supimos que colaboraríamos, tanto por nuestra amistad de hace ya muchos años, como por la admiración mutua que nos teníamos el uno al otro. Nos dedicamos a producir ideas por separado durante muchos días y llegamos a pensar que a ninguno de los dos se nos iba a ocurrir una idea notable.

No sabemos el momento exacto en el que dijimos “eureka”, pero así fue. Tal vez me inspiré en una escena que había visto en un programa de televisión cuando era pequeño, donde había un personaje con problemas auditivos que no escuchaba cuando alguien le llamaba a la puerta. Omar y yo pensamos que podría ser útil si los sonidos se pudieran percibir a través de vibraciones. Fue esa pequeña chispa la que dio lugar a otras innumerables ideas.

Nuestro invento no sólo se podría utilizar para las llamadas a las puertas que no se oyen, sino también para las situaciones de peligro, tales como las bocinas de los coches que no se perciben. Nuestras vibraciones podrían alertar a una persona con discapacidad auditiva sobre cualquier sonido fuerte e incluso sobre sonidos como los timbres del microondas o la puerta de casa. Llegamos a la conclusión de que un dispositivo que emitiera estas vibraciones debería llevarse en el brazo como un reloj de pulsera, poseer distintos patrones para cada sonido, y tener funciones de conversión de texto a voz y de voz a texto para poder facilitar la comunicación. Aún recuerdo el momento en el que escogí el nombre AID (abreviación para Dispositivo de Impedimento Auditivo) minutos antes de enviar la solicitud al concurso.

La falta de recursos limitó nuestro impacto en la feria de ciencias. Mis conocimientos básicos de programación no eran suficientes para elaborar un producto acabado, sobre todo porque este tipo de producto requería unos equipos informáticos que no poseíamos. Sufrimos un periodo de estancamiento y nuestra aventura se convirtió en solo un recuerdo.

“Si simplemente lográbamos salir de la competición sin hacer el ridículo, podríamos considerar la experiencia un éxito.”

Pero dos meses más tarde, el destino hizo que llegase a nuestros oídos la noticia de una nueva competición: StartUp Weekend. Ésta, a diferencia de la de Intel, estaba dirigida a profesionales y estudiantes universitarios. Se centraba más en los programas informáticos y menos en los equipos. Era una plataforma donde las ideas y los conocimientos técnicos podían entrelazarse. El día antes de la ponencia, mientras Omar y yo comentábamos nuestras expectativas, decidimos que si simplemente lográbamos salir de la competición sin hacer el ridículo, podríamos considerar la experiencia un éxito.

StartUp Weekend estaba lleno de jóvenes talentos. Había desarrolladores de programas informáticos, diseñadores gráficos y jóvenes emprendedores. Allí estábamos nosotros, tal vez los concursantes más jóvenes, y, obviamente, fuera de lugar. El primer consejo que recibimos, y quizá el más importante, era olvidarse de construir un dispositivo físico y centrarse en una “aplicación” móvil, es decir, un programa informático simple y barato que funcionara a través de un dispositivo que gran parte de la población ya tiene, el teléfono inteligente. Esta idea era ingeniosa debido a su sencillez.

Sin embargo, aún nos faltaba la experiencia técnica para poder desarrollar esta aplicación. Sin embargo, tuvimos la suerte de poder juntarnos con dos colaboradores claves: Dani Arnaout, un​​ desarrollador de programas informáticos que en aquel entonces aún era estudiante de ingeniería informática, y más adelante Nelly Ghossein, una diseñadora gráfica y de Web. Juntamos sus experiencias y conocimientos con nuestras ideas, y le dedicamos 52 horas de duro trabajo al proyecto.

Cuando pienso en la competición, me vienen a la cabeza cuatro momentos concretos. El primero fue tener que aprender a construir un modelo de negocio en una sola noche con la ayuda de varios mentores, una hazaña que todavía considero crucial para nuestro éxito posterior. La segunda fue una conversación de madrugada con Omar y Dani, en la que nos resignamos a lo que parecía ser nuestro fracaso inminente y acordamos hacerlo lo mejor que pudiésemos. La tercera fue tener que dormir en el suelo porque no quedaban sofás y despertarme con la cara cubierta de manchas azules del papel que había usado como almohada improvisada. El último recuerdo fue ser declarado ganador de la competición después de una tensa, y a su vez gratificante, presentación final donde exhibimos un prototipo de nuestra aplicación.

Ganar Startup Weekend es, por desgracia, el culmen de la historia de la AID. Omar y yo llegamos a participar en el IdeazPrize, un programa de televisión donde los empresarios presentan sus ideas con el objetivo de encontrar inversores y lograr éxito. Tuvimos la suerte de que nos ofreciesen una inversión, pero al final la realidad se impuso. Al terminar el verano estábamos cada vez más ocupados con los trabajos de segundo grado de escuela superior y las solicitudes universitarias, y teníamos muy poco tiempo para dedicarle a nuestro invento. Como cualquier cosa que se descuida, se desvaneció en la memoria.

Actualmente, Omar está estudiando para ser ingeniero mecánico en la Universidad Americana de Beirut y yo estoy estudiando en la universidad de Williams en el oeste de Massachusetts. Por desgracia, AID se ha quedado atrás. No sabemos qué proyectos y colaboraciones habrá en nuestro futuro, pero con AID como punto de referencia de nuestro éxito sabemos que lo que nos espera será genial.